A medida que estudio la vida de Jesús, cómo amaba a los demás de forma práctica, lo que más me asombra es su autenticidad. Aunque por lo general se mostraba como una persona serena y pacífica, no evitaba los conflictos. Corregía a sus discípulos. Decía lo que pensaba. Nadie dijo que fuera una persona fácil de convencer o un encantador. Decía verdades como puños. No andaba por las ramas, iba siempre al grano. Hacía que los otros se sintieran incómodos si era necesario. Jamás permitía que la verdad quedara por detrás de la cortesía. No rehuía los enfrentamientos.

El grupo que Jesús más enfrentó era el grupo al que más se parecía. De todos los grupos religiosos de su época, los eruditos concuerdan en que Jesús estaba muy próximo al perfil del fariseo y con frecuencia se ponía de su lado en disputas públicas. Los fariseos dedicaban sus vidas a seguir a Dios, contribuían religiosamente con el diezmo que se les exigía y cumplían las estrictas normas de la Torá. Se ceñían a los valores tradicionales y eran ciudadanos modelos.
Y pese a todo esto, Jesús los hacía objeto de las críticas y las confrontaciones más duras. Nadie había osado a desafiar a los fariseos hasta que llegó Él. Tenía el atrevimiento de llamarlos hipócritas y hasta nido de víboras.
Jesús dice las cosas como son. Es valiente. Seguro de sí mismo. Atrevido. Es el modelo a seguir para aquellos que quieren ser auténticos y honrados.

Un impedimento
“Con usted he sido totalmente sincero. Es la primera persona con quien me abro así”. A todos los psicólogos les dicen esto de vez en cuando, pero fue Sidney Jourard quien dio sentido a estas palabras en su exhaustivo libro ‘El yo transparente’. Le llamaba la atención la frecuencia con que sus pacientes se mostraban más sinceros y auténticos con un médico que con su familia y amigos. Después de mucha investigación llegó a la conclusión de que cada persona tiene un deseo innato de que lo conozcan, pero solemos ocultar nuestra vulnerabilidad por miedo.

¿Miedo a qué? Al rechazo. Nos da miedo que vean que somos demasiado emocionales o no lo suficiente; demasiado asertivos o no lo suficiente; demasiado lo que sea o no lo suficiente. Nos da miedo que nos marginen, que no nos aprueben o que no nos acepten. Y el resultado es que nos ponemos una máscara. Nos convertimos en lo que Abraham Maslow llamaba “medusas con armadura” al fingir que estamos bien cuando no es así o al actuar con indiferencia cuando algo nos molesta. Al cerrarnos cuando realmente tenemos mucho que decir. En definitiva, nos podemos una máscara cuando aceptamos la ignorancia pluralista.

Nos debatimos entre el impulso de mostrarnos como somos y el de protegernos. Dudamos entre guardar silencio y decir la verdad. Anhelamos que sepan quiénes somos y escondernos; una paradoja inexplicable. Ocultarnos tras la máscara del tiempo suficiente tal vez nos sirva para protegernos del rechazo, pero así nunca seremos genuinos. No seremos sinceros con nosotros mismos. No seremos valientes. Y eso significa que nunca amaremos como Jesús.

De hecho, Él dio en el clavo de por qué evitamos decir la verdad cuando dijo: “¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! Dense cuenta de que los antepasados de esta gente trataron así a los falsos profetas” (Lucas 6:26).
Tenemos un problema. Cuando tus actos y tus palabras no coindicen con la persona que eres en tu interior —cuando no muestras a los demás tu verdad— se crea una versión incongruente o fragmentada de tu personalidad. El exterior no coincide con el interior. Te preocupa más la impresión que das a los demás que la persona que eres en realidad.
Ser coherentes —permitir que nuestro yo real encaje plenamente con el yo que presentamos a los demás— libera pretensiones orgullosas y se atreve a mostrar a tu verdadero yo.

Una enseñanza real
Estudiar la vida de Jesús, los dilemas y las situaciones que surgen en su viaje, evoca una pregunta: “¿Y tú qué harías?”, sobre todo cuando decir la verdad provoca vergüenza e incomodidad. Cuando leo los evangelios, me hago una y otra vez el mismo interrogante: “¿Qué haría yo?”.

Me disgusta comprobar mi vergonzosa tendencia a tomar el camino más fácil en aquellas situaciones en las que Jesús es totalmente transparente. Al mismo tiempo, retrocedo ante la idea de ser tan franco como Él.
Antes de que me digas que esa franqueza era más un problema de personalidad que un mandato, piensa en las sinceras enseñanzas de Jesús al respecto: “Si tu hermano peca contra ti, ve a solas con él y hazle ver su falta” (Mateo 18:15). Te insta a decir las cosas como son. Y para Él es más importante esta actitud que rendirle culto: “Si entras en el lugar donde rindes culto habitualmente y cuando estás a punto de hacer una ofrenda, te acuerdas de repente del rencor que te guarda cierta persona por algo que ocurrió entre ustedes, deja la ofrenda, sal y busca a tu amigo para arreglar las cosas con él. Una vez hecho, ya puedes volver a atender a tus asuntos con Dios”.

Está claro que, para Jesús, el momento de decir la verdad y hacerlo no es lo mismo. Para Él es una prioridad. “Llega a un acuerdo con él lo más pronto posible”, dice. El Señor no nos dice que meditemos sobre ellos. No. Dice que debemos hablar con franqueza pero con amor: “Enfrentémoslo con la necesidad de arrepentimiento y ofrécele el amor compasivo de Dios”.
La verdad sin amor es fea y el amor sin la verdad carece de fuerza. Como dice el proverbio antiguo: “Fieles son las heridas del amigo [que te corrige con amor y preocupación por ti], pero engañosos los besos del enemigo [porque responden a motivos ocultos]”.

Jesús busca que seamos auténticos. Quiere que nos quitemos las máscaras y vivamos de forma coherente sin motivos ocultos y promesas vacías: “No faltes a tu juramento, sino cumple con tus promesas al Señor. Pero yo les digo: No juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer que ni uno solo de tus cabellos se vuelva blanco o negro. Cuando ustedes digan ‘sí’, que sea realmente sí; y, cuando digan ‘no’, que sea no. Cualquier cosa de más, proviene del maligno” (Mateo 5:33-37).

El propio Jesús vivió de forma transparente, franca y directa, y quiere que nosotros seamos así también. Una forma de ser que se caracteriza por decir la verdad no solo nos prepara para la riqueza que depara una relación espiritual con Dios, sino que también nos dispone a vivir una vida plena y llena de amor hacia el prójimo.

Reunir valor
Resulta irónico. Tememos que nos rechacen si saben cómo somos porque sería como si pisotearan nuestro vulnerable corazón. Pero la única manera de que nos quieran de verdad es que sepan cómo somos en realidad.

C. S. Lewis pone el dedo en la llaga, como es habitual en él, al decir: “Amar es ser vulnerable. Cuando amamos, nuestro corazón se retuerce y es posible que llegue a romperse. Si quieren mantener tu corazón intacto, entonces no se lo entregues a nadie, ni siquiera a un animal. Rodéalo cuidadosamente de pasatiempos y pequeños lujos; evita cualquier vínculo; enciérralo bajo llave en el estuche o el ataúd de tu egoísmo. Pero ahí dentro, un lugar seguro, oscuro, silencioso y desprovisto de aire, cambiará. No se romperá; se hará irrompible, impenetrable, irredimible… El único lugar fuera del cielo donde estarás a salvo de los peligros del amor es el infierno”.

Cada vez que desperdiciamos la oportunidad de decir las cosas como son, nos enfrentamos a un peligro mayor que el rechazo. Corremos el riesgo de que se nos endurezca tanto el corazón que nos impida correr el riesgo de amar. Somos víctimas de la enfermedad de la complacencia. La autenticidad separa a los que aman de verdad de los que solo quieren ser vistos como una persona que ama. Cuando eres auténtico, tu cabeza y corazón se comportan de manera armoniosa. Eres la misma persona en el escenario y entre bambalinas. Ya no tienes necesidad de fingir para ganarte el amor de los demás. En cambio, amas aun a riesgo de que te rechacen.

La autenticidad consiste en ser, no en hacer. Cuando decir las cosas como son realmente te importa porque tu corazón está lleno de amor, actúas de forma natural, sin tener que pensarlo. Sin tener que fingir. Ni demostrar nada. No te preguntas qué es lo que deberías hacer. Tu hacer fluye naturalmente de tu ser.
Aquí está la dura verdad: amar es peligroso porque significa correr el riesgo de que te rechacen. Jesús arriesgó sin miedo no solo su reputación, sino su vida en nombre de la verdad. Este compromiso absoluto incomoda a algunas personas. Sin duda. Pero puede que causar esta pequeña incomodidad sea lo mejor que podemos hacer por ellos. Los fariseos, el grupo al que Jesús más criticaba, lo alababan precisamente por no dejarse llevar por las opiniones de los demás. Es lo único bueno que dijeron de él.

De modo que si quieres atreverte a decir las cosas como son, un buen lugar para empezar es mostrándote un poco más vulnerable. ¿Por qué? Porque preferimos controlar la autenticidad por miedo a que descubran cómo somos. La autenticidad se hace real cuando admitimos nuestras frustraciones, reconocemos nuestras debilidades y desvelamos nuestras inseguridades. Jamás seremos reales gasta que abramos nuestros corazones heridos. A todos nos han hecho daño, pero la mayoría de nosotros prefiere protegerse de las heridas que divulgarlas. Por eso nos ponemos una máscara y ahogamos nuestros verdaderos sentimientos.

Nadie ha escrito con más sensatez sobre el don de la vulnerabilidad que Henri Nouwen en su libro El sanador herido. Allí señala que “convertir las heridas en fuente de curación… no es una llamada a compartir los dolores personales superficiales, sino a un constante deseo de ver el sufrimiento de uno mismo como surgiendo del fondo de la condición humana”.
Y eso es precisamente lo que nos permite decir la verdad en el amor. Jesús no dijo la verdad de un corazón egoísta, sino que lo hacía desde el dolor que sentía por todo aquel que no era capaz de ver el verdadero mensaje de Dios. Estaba tan profundamente convencido que le importaba muy poco lo que pensaran los demás. Decir la verdad procedía de una profunda angustia personal por todo aquel que se aferraba a la superficialidad, la apariencia externa y la hipocresía. Les decía las cosas como eran para salvarlos de sí mismos. Decía la verdad desde el amor.

Cuando separamos el amor de la franqueza estamos cambiando ser genuino por la necesidad de aprobación. Cambiamos el atrevimiento por la cobardía. Y esto crea una conexión falsa y pasajera en el mejor de los casos, de dos centímetros y medio de profundidad. Pero cuando nos arriesgamos a que nos rechacen por ser como realmente somos, empezamos a amar como Jesús.

Tomado de : Un Amor como Ese